Las lecturas en el metro de Nueva York

El metro de Nueva York ahora facilita un estante virtual a los lectores olvidadizos.

En la ciudad de Nueva York descubrí en mí el defecto de la impuntualidad. Una tardanza ligera pero constante, que hoy me concede falsas sonrisas comprensivas en cada cita a la que llego disculpándome. Empecé el año diciendo que lo iba a resolver pero por más que me precipite al metro, sigo sin saber bien a bien cuánto duran los trayectos contando el tiempo de espera, el tráfico de trenes y la ocasional confusión entre la línea local y la exprés. En medio de esta falla, el hábito que decidí adquirir a cambio fue el de obligarme a cargar con un libro; sin importar que mi destino fuera un bar, que supiera que caminaría de vuelta, y que la lectura en turno fueran 600 páginas en pasta dura sobre el cierre de los hospitales psiquiátricos en Italia.

A mis resoluciones de año nuevo fracasadas las acompañaron algunas malas noticias  citadinas. Entre otras estaba Trump, la falta de nieve a causa del calentamiento climático y la muerte del gato más querido del Departamento de Policía de la ciudad (de eso obviamente me enteré por haber olvidado mi libro). Pero entre las buenas se anunció que las más de 200 estaciones de metro que hay en la ciudad tendrían acceso gratuito a internet. Para las 4 millones de personas que usan el metro diariamente esto significaba poder contestar correos, revisar las noticias, scrollear interminablemente las redes sociales, y hacerlo antes de finales de 2018, que era la fecha anunciada originalmente. Entre las posibilidades de esta nueva conectividad, está el acceso a una biblioteca con aire casero sin tener ya que cargar con el libro de todos los días. Ahora en todas las estaciones del metro neoyorquino se puede elegir algo del estante virtual de Subway reads para leer durante el tiempo exacto que tome cada trayecto.

A las 11:05 de la mañana de un lunes me subí al vagón que me llevaría a Penn Station para llegar a algo que obviamente empezaba a las 11. Dado que no cocino, me salté las recetas para preparar camarón y ensalada de aguacate que podía leer en 10 minutos y en cambio elegí de la plataforma un pasaje de la biografía de Theodore Roosevelt. En las cuatro paradas que separan la calle 72 de mi destino, me enteré de que Roosevelt se dedicó a marcar límites y establecer reglas desde el primer día de su administración, con la intención de protegerse de su falta de experiencia. Tenía sólo 43 años cuando fue elegido presidente de Estados Unidos pero, según cuenta Edmund Morris, desde entonces se preocupó porque su retiro le llegaría muy joven. Sabemos que insistió en volver a ser presidente en 1912, cuando perdió frente a Woodrow Wilson. Pero eso ya no lo cuenta el libro virtual porque sólo es un extracto.

La plataforma para leer fue creada por el sistema de metro de la ciudad de Nueva York y la editorial Penguin Random House. Tiene una selección de textos gratuitos para todo el que ingrese desde el andén de su preferencia en los cinco distritos. Las opciones de lectura se dividen en Ficción, No Ficción, Ciencia Ficción y Fantasía, y Libros para niños y adolescentes. El lector puede decidir según el género o el promedio de minutos que toma la lectura de cada texto. Los lectores de ficción encuentran una mezcla de autores interesantes. Están jóvenes contemporáneos como Emily St. John Mandel y Brit Bennett, así como los de novelas hechas películas —quizás para atraer a los acostumbrados a ver los espectaculares detrás de las bancas de madera en las estaciones—, como The accidental tourist de Anne Tyler o The girl on the train de Paula Hopkins. Si el lector quiere revisitar a autores canónicos en lo que se balancea del tubo metálico y evita a los viajeros con prisa, entonces están Francis Scott Fitzgerald, Edgar Allan Poe, Truman Capote o Edith Wharton. Finalmente, páginas y páginas tienen como escenario a la ciudad de Nueva York que pasa por arriba: hacer click en NY Fiction o NY Nonfiction y las portadas revelan Motherless Brooklyn, Open city, Brooklyn on fire, City on fire (sí, también) y M train. Esto de la literatura “neoyorquina” se repite en cada librería que uno visita en la ciudad.  Sin embargo, hay una omisión notable: en su carácter de ciudad cosmopolita, Nueva York anuncia en el metro programas de gobierno y universidades privadas que están en otros idiomas, pero entre las opciones de lectura de Subway reads que no estén en inglés sólo están La breve y maravillosa vida de Oscar Wao de Junot Díaz y El manuscrito encontrado en Accra de Paulo Cohelo. Difícil sentir a nuestra lengua representada. 

Una noche, cuando viajaba de regreso de Chelsea, hubiera podido leer Fool me once y de duplicarse el tiempo, Missing you —ambos de Harlan Coben, escritor de best-sellers, que no conozco ni estoy segura de querer hacerlo. En cambio, elegí otra opción de lectura: un libro sobre cómo crear hábitos, cuyo subtítulo tenía un poco de tono de autoayuda. Leí acerca de un hombre que tuvo una encefalitis viral que afectó su memoria al grado de olvidar que se había hecho de desayunar y repetir la acción tres veces. No recordaba mucho de los últimos treinta años ni cómo salía de su cuarto cada mañana, pero siempre sabía cómo llegar al baño. Parece que eso desató una revolución en el estudio de los hábitos de la que no me enteré porque el texto acababa ahí. Empezaba a notar un patrón en las lecturas del metro: cuando me adentraba al texto no podía seguir leyendo, no porque me tuviera que bajar del vagón, sino porque  seguía comprar el libro en la misma plataforma.

Quizás por ese truco comercial es que en Subway reads no existe la opción de leer poemas. ¿Qué mejor que leer un poema para reflexionar sobre la existencia entre trasbordo y trasbordo? Es cierto que para ello existe otro programa de lectura en el metro citadino. Poetry in motion lleva tanto tiempo que es dudoso que alguien lo note además del turista. En mi caso, leo uno cada vez que me lo encuentro, pero no puedo evitar sentir que se trata de un mal consuelo intelectual para quien va apurado:

“A strange beautiful woman
met me in the mirror
the other night.
Hey,
I said,
What are you doing here?
She asked me
the same thing”

“Una mujer hermosa, desconocida
me encontró en el espejo
la noche pasada.
Hola,
Dije,
¿Qué haces aquí?
Ella me hizo
la misma pregunta.”

Marilyn Nelson

El programa de Subway reads se inauguró en agosto de 2016 y amenazaba con durar poco. Pero lo cierto es que, aunque les pesen en la bolsa, los lectores subterráneos en Nueva York ya están formados en el gusto de las páginas impresas. “Supongo que es una buena opción si olvido mi libro, pero nunca lo olvido”, me dice un pasajero que hace la misma ruta de cuarenta minutos en la línea B de Midtown a Brooklyn. Un ejemplo a seguir, que detiene con el meñique la cubierta de papel de su libro de más de 500 páginas.

Fuente: nexos.com.mx

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